Archivos Mensuales: octubre 2014

Elegir la vida

Tres

Tres mujeres circunscritas a un periodo similar de la Historia.

Martin Luther King sigue vivo. Truffaut no ha estrenado Farenheit 451 y ni siquiera se ha publicado el Sexual Politics de Kate Millett. Marilyn, como una pelota de juegos malabares, ha subido y ha muerto en su cama que todavía debe seguir oliendo a Chanel Nº 5. Internet es, aún, algo que pasará cuando los coches y las vacas empiecen a volar. La superficie lunar no ha sido hollada.

La primera se llama April. Siempre quiso ser actriz, pero es muy mala interpretando. No sabe disimular. Está condenada por un matrimonio con alguien cobarde, acomodado y cínico. Tiene dos hijos pero eso no importa. Lo que importa es que ella era algo antes de ser lo que es ahora. Y no puede olvidar ese algo. No puede olvidar que, la vida, tenía que ser otra cosa, que no se podía quedar sólo en esto. Por eso quiere ir a París, porque París, aunque no exista, es ese lugar que nos prometimos ser.

La segunda es Francesca. Vive con su marido y sus hijos en una granja después de emigrar desde Italia. Renunció a su tierra y a sus orígenes, por amor, un amor anclado en la tradición y el respeto, a la costumbre y a la madera que cruje siempre en el mismo lugar. Hasta que conoce a un hombre que fotografía los puentes cubiertos de la zona para National Geographic. Entonces todo lo que conocía hasta ese momento se desmorona. Francesca debe girar la manija de la puerta de la furgoneta de su marido y salir a la lluvia. Mojarse.

A la tercera la llamaron Laura. Está casada y tiene un hijo. No sabe hacer pasteles y no quiere a su hijo. Es la chica a la que invitaron a bailar por pena, con la que se casaron por pena, a la que dejaron embarazada nuevamente por pena. Por eso desea absolutamente todo lo que tienen otros, incluso lo que tiene su vecina aunque esté enferma, la ama en secreto, ama su vida. Laura tiene dos opciones: desaparecer del mundo o desaparecer de su vida.

Tres mujeres circunscritas a esa encrucijada que supone saberse infelices.

Capturadas en el instante antes de la traición a sí mismas. Abnegadas a ese estatus de lo femenino que demasiadas veces se confunde con el sacrificio. El sacrificio del sentimiento.

Puedes anhelar seguir alimentándote del mundo a pesar de tener una familia. Puedes no querer tener hijos simplemente porque no quieres. Puedes odiar a tu hijo y pensar que es el responsable de que tus días sean siempre iguales. Puedes ser lesbiana y no entrar en la funda social, en el traje de novia, en las magdalenas caseras. Puedes enamorarte de otra persona aunque hayas invertido tu tiempo y espacio en otras.

Puedes incluso abandonar a aquellos que te quieren y quieres. Porque si te quieren, tendrán que entender qué era lo que querías tú. Aunque eso pase por hacer el sacrificio de no saber qué hace el otro nunca más. El sacrificio del respeto.

Nos dejamos arrebatar tanto, tantas veces.

Puedes hacer esa revolución y abrir la puerta y saber que es la hora de dejar lo que estás haciendo para ser lo que de verdad eres.

Da igual que te llames April, Francesca o Laura.

Da igual tu nombre de mujer.

Eres libre de elegir.

Elige vida, siempre.

Ébola

Evitar el sufrimiento en la medida de lo posible.

Sí, es algo vocacional, pudo haber dicho cuando le preguntaron por qué había escogido estudiar esa carrera y no otra. Tal vez necesitara cuidar de otros, sentir que lo que hacía tenía un impacto real en el mundo, ayudar a paliar el dolor del resto. Sí, para eso estudian y trabajan las enfermeras, para proporcionar la tranquilidad necesaria cuando la enfermedad nos hace más conscientes del fin.

Ella, que por piruetas del destino se ha convertido en el primer caso de contagio de Ébola fuera de África.

Ella, que no había sido formada para una situación de estas características, a la que llegaron noticias vagas, tal vez lleven a los misioneros a otro hospital, tal vez al final mueran antes de que los repatrien, tal vez decidan dejarlos allí.

—¿Tienes miedo?— le pregunta su marido mientras preparan la cena.
— Mucho.

No, no se trata de un riesgo biológico. Es un riesgo personal y, en este caso y por desgracia, transferible. El riesgo de Mabalo Lokela, profesor, contagiado en el Zaire y considerado el paciente cero. El riesgo de Manuel y Miguel, misioneros españoles, que se contagiaron haciendo algo en lo que creían firmemente. El riesgo de una enfermera que simbólicamente agarraba las manos de aquellos dos que intentaron también simbólicamente agarrar las manos de otros que estaban a punto de desaparecer.

Ayudar a los demás conlleva, siempre, un riesgo. Y, siempre, deberíamos estar dispuestos asumirlo. Es aquello que le debe ser congénito a la humanidad.

Por supuesto que había que asumir el riesgo de repatriar a los misioneros, porque repatriar en este caso significaba no abandonar. Y haberlos abandonado hubiera significado, en este caso, abandonarnos todos un poco más. No debemos abandonar a nadie a su suerte, porque a veces la suerte está echada y otras simplemente se tiene mala suerte.

Ella tal vez tiemble al ponerse el traje por primera vez. Los nervios le hacen pensar que es como el de E.T. y que ojalá tuviera hijos para mandarles una foto por WhatsApp y luego reírse luego al recogerlos en el colegio. Entra en la sala de aislamiento y tal vez mientras administra la mediación pertinente sólo puede pensar en que no quiere morir. No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir. Y justo al salir puede haberse dado cuenta de que no había cerrado bien el traje. Me olvidé de cerrar el gas. Se me quedaron las llaves. ¿Hoy era miércoles? Lo siento. No sé dónde tengo la cabeza últimamente. El traje está mal cerrado. No quiero morir.

En realidad seguimos siendo niños a los que otros exigen comportamientos adultos. ¿No es terrible?

Sin embargo, lo que tiene nombre y es mucho más terrible, es que los que nos exigen son otros que se comportan con la mezquindad propia de aquellos que viven protegidos con párrafos y protocolos. Lo que no tiene nombre es que la repatriación no se hiciera en las condiciones de seguridad necesarias. Lo que es imperdonable es que la señora Ana Mato, Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad de España, haya dejado en manos de la suerte una epidemia. Porque a veces la suerte está echada y otras simplemente se tiene mala suerte.

Por eso mismo debería dimitir. La dimisión es el mayor acto de dignidad con la que cuenta el ser humano cuando la irresponsabilidad propia afecta al resto. Ha dimisiones que de tan necesarias, calman, que de tan obvias, claman.

Pero, la verdad, me importa más ella.

Ella, que ahora estará aislada del mundo, pensando en sobrevivir, analizando sus síntomas con ese conocimiento profesional que sólo le causará más sufrimiento. Mientras, otros, entran envueltos en plástico para agarrar su mano. Y tal vez pueda sentir los filamentos de la piel debajo del guante. Igual que la princesa sentía el guisante bajo los colchones. Los mismos filamentos que hacen estornudar su sangre. Esos mismos filamentos que flotan en el cosmos. Somos la misma y perecedera cosa.

Y mientras tanto, fuera de esa sala, hoy es trending topic en España #Vamosamorirtodos.

Sí, así como una profecía, como el título de una película veraniega americana y de terror, con esa falta de arraigo emocional con el que hoy en día puede ser comentado todo por todos. ¿Por qué ha de preocuparnos más la infección de un español? Ah, que ahora nos toca a nosotros, que esto se acerca. Lo mío peligra. ¿Es una cuestión patriótica? ¿Es una cuestión de pánico por si me pasa a mí? ¿Es simplemente una cuestión de especies? Murciélagos, monos y negros son los portadores de esa enfermedad que te hace sangrar por todos los lados y que ahora llega a España para que muramos todos. ¿En serio? Jodida y maltrecha especie.

La vida nunca deja de ser vida.

No sé si #moriremostodos, pero tal y como nos comportamos tal vez debamos hacerlo y dejar paso a otros para que todo comience de nuevo. Dar una nueva oportunidad al mundo de ser un lugar mejor sin nosotros.

Tal vez sea el primer estallido, el río Ébola que se desborda e inunda todo aquello que considerábamos tierra seca. Tal vez sea un castigo. Estamos haciendo las cosas tremendamente mal, porque lo peor de un virus no es que pueda matarnos. Lo peor es que pueda desvelarnos como una especie que no merece seguir viviendo.

Mi madre también era enfermera y la mató un virus.

Gracias a todos aquellos que siguen asumiendo riesgos por nosotros.

Seguiremos muriendo.

Pero no estaremos solos cuando lo hagamos.

La isla del (tes)oro

Petróleo

Vivo en una isla.

Una isla que busca refugio del profundo Océano Atlántico en la costa africana y que pertenece a un archipiélago, tan pequeño, que si te murieras y al subir y no tuvieras vértigo de mirar hacia abajo te pareceríamos las migas de un pan muy crujiente y recién cortado.

Tan cerca, cerquita, de África que cuando sacuden las alfombras de los desiertos blancos nos llega su polvo en suspensión.

Una isla de luz escapada, con un tiempo que se cuenta en relojes de arena negra, indescriptiblemente preñada de orillas y de olas y de tambores que suenan a hueco. Una isla con tantas estrellas que no caben en la boca, ni para contarlas, y que siempre hay que dejar para después, para otra noche. Una isla luciérnaga en la oscuridad.

Una isla a la que, otros que no somos nosotros, quieren poner rejas en forma de plataformas petrolíferas, dividiendo nuestro horizonte entre lo que está antes de la plataforma y lo que está después de la plataforma. No es justo para un isleño que la mirada tenga como referencia el acero y no el mar. No es nada justo. Por eso elegimos vivir aquí.

Y no lo es además porque los isleños buscamos el horizonte limpio del mar hasta en los posos del café. Y si no lo vemos, nos sentimos en el exilio.

Nos dicen, para convencernos, que en la perfecta Noruega, como símbolo del avance, están encantados con tener las plataformas, con la riqueza que han proporcionado al país, con la cantidad de puestos de trabajo que se han creado. Eso en los anuncios.

Puede ser, pero los horizontes de Noruega no hacen flotar al continente, la riqueza de Noruega es algo que juega en contra de la calidad de vida de sus habitantes, y los trabajos indignos, no deberían ser realizados jamás.

No, no queremos plataformas petrolíferas en Canarias.

Sabemos que el hidrocarburo es finito, como lo es el amor, como lo es el aire dentro del casco de un traje espacial, como lo es la propia conciencia del ser humano sobre sí mismo. ¿No podemos dejar de utilizarlo ya? ¿No sientes que la Tierra nos da la mano y nosotros le cogemos todo el brazo?

Por eso hay que decir que NO. Pero no seamos jodidamente cínicos.

No hay que decir que NO a las petroleras en Canarias, sino también NO a las petroleras en Mauritania o Nigeria, NO a la utilización indiscriminada del petróleo como combustible para todo y sólo en beneficio de algunos. NO a la manera que tenemos de aprovecharnos que no es igual que aprovechar.

Es muy cómodo ir en coche a una manifestación contra las prospecciones e incluso parar a repostar. Muy cómodo gritar contra partidos políticos y luego coger un vuelo para ir a un festival de música indie. Muy cómodo aprovechar el sentir de la gente para conseguir votos. Es demasiado cómodo.

No deberíamos ser tan hipócritas de desear un hogar limpio, sin riesgos, sin interrupciones visuales, a costa de que esos pobres negros africanos que están tan cerca, tan cerquita, nos llenen los tanques.

Esto no va a durar para siempre y habrá que hacer algún sacrificio.

Porque si al morirte y al subir no tuvieras vértigo de mirar hacia abajo te parecería que pertenecemos todos al mismo planeta.

Al mismo.

Y si al subir te diera tiempo y miraras mis pies un día de verano, podrías confundir la orilla de arena negra con el crudo que está por debajo.

Pero no, no lo es mismo.

Y no debería ser lo mismo.

Nunca.

#CanariasdiceNo

Ella se llamaba Carla

SUICIDIO - ACOSO - NIÑA - CARLA - GIJÓN - BULLYING

Ella se llamaba Carla.

No murió de una enfermedad terminal. No la secuestraron en una feria de pueblo y la enterraron en cal. Tampoco se escapó de casa con su primer novio para vender pulseras en un mercadillo europeo.

No. Carla saltó voluntariamente desde un acantilado a los catorce años de edad.

Carla estudiaba en un colegio católico llamado el Santo Ángel de la Guarda. Un colegio que favorece el encuentro con uno mismo, con su entorno y con Dios. Un colegio en el que sus compañeros de clase la llamaban bizca, bollera y la bañaban con aguas fecales.

Topacio, un ojo para allí y otro para el espacio.

Carla tenía estrabismo en el ojo derecho y se lo tapaba con el fleco. Había confesado cierto gusto por chicos y por chicas. Le gustaba Pablo Alborán y quería ser médico. También cantaba por lo bajito. Eso era en su casa. En el colegio era la virola.

Así, aguantó año tras año que esos chicos y chicas misericordiosos se apiadaran de sus diferencias. Esperando que en algún momento alguien se percatara que lo que estaba sucediendo no tenía por qué estar sucediendo. Aguantando la mierda de otros y esperando que alguien la limpiara.

Pero nadie hizo nada.

Carla se levantó una mañana, se vistió, llego al bordé y saltó.

Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería.

La dejaron sola.

Pienso en ella, en Carla. En esa chica que seguramente igual estaba enamorada de una compañera de clase rubia que usaba vaqueros desteñidos y tenía un tic en la boca. O tal vez le gustaba ese otro chico con gafas que estaba todo el día pegado al móvil. Tal vez fantaseó con un primer beso.

Y ahí me rompo.

Tal vez Carla nunca probó el helado de pistacho. No vio a Pablo Alborán cantar en directo. No llegó a comprarse aquellas zapatillas fucsias tan chulas. Tal vez no acabó de leer Leal el último libro de la trilogía de Divergente y no sabe que Tris, muere.

Divergente, que no encaja en ningún lugar.

Pienso en ese libro, en la mesilla, doblando la esquina en la página 199, para seguir, para continuar después. Y en su madre, días después de enterrarla, desdoblando esa esquina y colocando el libro en la estantería.

Ahí me rompo de nuevo.

Tal vez Carla nunca sintió que la desearon, nunca sintió el abrazo desnudo de alguien que la mirara fijamente y que le hiciera sentir que tumbados todos tenemos la obligación de mirar hacia el espacio.

Y casi no puedo seguir.

Pienso en mí. En este niño gordito, empollón, con pluma. Pienso en cuando me llamaban maricón, cuando me decían fofo, cuando se metían con el primer bigote antes de haberme afeitado nunca. Cuando se burlaban de mis zapatos porque no eran los de todos y yo cogía y recortaba etiquetas que pegaba en otros sitios para aparentar ser como el resto. Pienso en el momento en el que dejaron de hablarme porque me puse un pendiente. Recuerdo cuando empezó a decirse que mi madre estaba enferma y que igual era contagioso.

Pienso en cuando mi maestra del colegio en una tarjeta de Navidad, me escribió: Es loable no perjudicar al resto, pero es más importante impedir que nos dañen.

Yo tuve otra oportunidad.

Yo sabía que era especial. En mi casa me hacían sentir maravillosamente especial. No me dejaron sentir el desamparo. Yo tenía amor para saber que eso pasaría y que luego todo el mundo querría que le hiciera fotos y que le diera abrazos, porque yo iba a ser muy especial.

En mi casa me dieron paz y gracias a eso probé el helado de pistacho y vi a Manolo García en directo. Me compré mi primer CD de música con mi paga. También me hicieron llorar en una cama al sentir que era mucho más que el cuerpo que me sostenía.

Acabé de leer Cien años de soledad y sé que Aureliano dio un salto.

Igual que Carla dio un salto.

Lo que pasa es que ella pensó que la paz residía en otro lugar.

Pienso en su madre y en que ahora ella sólo puede acariciar el papel de una fotografía. Lo mismo que puedo hacer yo con mi madre.

Ella se llamaba Carla y ya no está en el mundo.

Lo siento mucho. Me hubiera gustado que supieras que podías haber sido tremendamente feliz a pesar de todo.

A pesar de todos.

Roy Galán http://www.facebook.com/RevolutionRoy