Ébola

Evitar el sufrimiento en la medida de lo posible.

Sí, es algo vocacional, pudo haber dicho cuando le preguntaron por qué había escogido estudiar esa carrera y no otra. Tal vez necesitara cuidar de otros, sentir que lo que hacía tenía un impacto real en el mundo, ayudar a paliar el dolor del resto. Sí, para eso estudian y trabajan las enfermeras, para proporcionar la tranquilidad necesaria cuando la enfermedad nos hace más conscientes del fin.

Ella, que por piruetas del destino se ha convertido en el primer caso de contagio de Ébola fuera de África.

Ella, que no había sido formada para una situación de estas características, a la que llegaron noticias vagas, tal vez lleven a los misioneros a otro hospital, tal vez al final mueran antes de que los repatrien, tal vez decidan dejarlos allí.

—¿Tienes miedo?— le pregunta su marido mientras preparan la cena.
— Mucho.

No, no se trata de un riesgo biológico. Es un riesgo personal y, en este caso y por desgracia, transferible. El riesgo de Mabalo Lokela, profesor, contagiado en el Zaire y considerado el paciente cero. El riesgo de Manuel y Miguel, misioneros españoles, que se contagiaron haciendo algo en lo que creían firmemente. El riesgo de una enfermera que simbólicamente agarraba las manos de aquellos dos que intentaron también simbólicamente agarrar las manos de otros que estaban a punto de desaparecer.

Ayudar a los demás conlleva, siempre, un riesgo. Y, siempre, deberíamos estar dispuestos asumirlo. Es aquello que le debe ser congénito a la humanidad.

Por supuesto que había que asumir el riesgo de repatriar a los misioneros, porque repatriar en este caso significaba no abandonar. Y haberlos abandonado hubiera significado, en este caso, abandonarnos todos un poco más. No debemos abandonar a nadie a su suerte, porque a veces la suerte está echada y otras simplemente se tiene mala suerte.

Ella tal vez tiemble al ponerse el traje por primera vez. Los nervios le hacen pensar que es como el de E.T. y que ojalá tuviera hijos para mandarles una foto por WhatsApp y luego reírse luego al recogerlos en el colegio. Entra en la sala de aislamiento y tal vez mientras administra la mediación pertinente sólo puede pensar en que no quiere morir. No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir. Y justo al salir puede haberse dado cuenta de que no había cerrado bien el traje. Me olvidé de cerrar el gas. Se me quedaron las llaves. ¿Hoy era miércoles? Lo siento. No sé dónde tengo la cabeza últimamente. El traje está mal cerrado. No quiero morir.

En realidad seguimos siendo niños a los que otros exigen comportamientos adultos. ¿No es terrible?

Sin embargo, lo que tiene nombre y es mucho más terrible, es que los que nos exigen son otros que se comportan con la mezquindad propia de aquellos que viven protegidos con párrafos y protocolos. Lo que no tiene nombre es que la repatriación no se hiciera en las condiciones de seguridad necesarias. Lo que es imperdonable es que la señora Ana Mato, Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad de España, haya dejado en manos de la suerte una epidemia. Porque a veces la suerte está echada y otras simplemente se tiene mala suerte.

Por eso mismo debería dimitir. La dimisión es el mayor acto de dignidad con la que cuenta el ser humano cuando la irresponsabilidad propia afecta al resto. Ha dimisiones que de tan necesarias, calman, que de tan obvias, claman.

Pero, la verdad, me importa más ella.

Ella, que ahora estará aislada del mundo, pensando en sobrevivir, analizando sus síntomas con ese conocimiento profesional que sólo le causará más sufrimiento. Mientras, otros, entran envueltos en plástico para agarrar su mano. Y tal vez pueda sentir los filamentos de la piel debajo del guante. Igual que la princesa sentía el guisante bajo los colchones. Los mismos filamentos que hacen estornudar su sangre. Esos mismos filamentos que flotan en el cosmos. Somos la misma y perecedera cosa.

Y mientras tanto, fuera de esa sala, hoy es trending topic en España #Vamosamorirtodos.

Sí, así como una profecía, como el título de una película veraniega americana y de terror, con esa falta de arraigo emocional con el que hoy en día puede ser comentado todo por todos. ¿Por qué ha de preocuparnos más la infección de un español? Ah, que ahora nos toca a nosotros, que esto se acerca. Lo mío peligra. ¿Es una cuestión patriótica? ¿Es una cuestión de pánico por si me pasa a mí? ¿Es simplemente una cuestión de especies? Murciélagos, monos y negros son los portadores de esa enfermedad que te hace sangrar por todos los lados y que ahora llega a España para que muramos todos. ¿En serio? Jodida y maltrecha especie.

La vida nunca deja de ser vida.

No sé si #moriremostodos, pero tal y como nos comportamos tal vez debamos hacerlo y dejar paso a otros para que todo comience de nuevo. Dar una nueva oportunidad al mundo de ser un lugar mejor sin nosotros.

Tal vez sea el primer estallido, el río Ébola que se desborda e inunda todo aquello que considerábamos tierra seca. Tal vez sea un castigo. Estamos haciendo las cosas tremendamente mal, porque lo peor de un virus no es que pueda matarnos. Lo peor es que pueda desvelarnos como una especie que no merece seguir viviendo.

Mi madre también era enfermera y la mató un virus.

Gracias a todos aquellos que siguen asumiendo riesgos por nosotros.

Seguiremos muriendo.

Pero no estaremos solos cuando lo hagamos.

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5 pensamientos en “

  1. “En realidad seguimos siendo niños a los que otros exigen comportamientos adultos.”
    “Somos la misma y perecedera cosa.”
    Cuánta conciencia en tan sencillas palabras.

  2. Celebes dice:

    Estamos siempre en el filo, aunque, en occidente, no nos guste recordarlo.

  3. Bring Wishes dice:

    Joder, qué mal escribes. Especialmente repugnante me parece la parte en la que imaginas lo que debió de sentir la auxiliar, con lujo de detalles. Como si te diera morbo o algo.

    Jodida dejan la especie los subnormales que a la mínima abogan por la muerte de la humanidad o de la actual generación de humanos.

    “Lo peor es que pueda desvelarnos como una especie que no merece seguir viviendo.”

    Sí, hijo, sí, después de miles de años de historia un puto hashtag en Twitter nos va a desvelar la naturaleza humana.

    Sal más de casa y deja de leer tanto por Internet.

  4. Anónimo dice:

    Después de ver la actitud de mucha gente pienso que sí, que tal vez seamos una especie que no merece la pena… A la humanidad le falta humanidad. Hace falta más gente como Manuel García Viejo, como Miguel Pajares. Como José Luis Garayoa, como tantos otros cuyos nombres desconozco. Como tú. Como tu madre, que sigue viva y brillando igual que su nombre a través de tus letras.
    Gracias por escribir, gracias por compartir.

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