Elegir la vida

Tres

Tres mujeres circunscritas a un periodo similar de la Historia.

Martin Luther King sigue vivo. Truffaut no ha estrenado Farenheit 451 y ni siquiera se ha publicado el Sexual Politics de Kate Millett. Marilyn, como una pelota de juegos malabares, ha subido y ha muerto en su cama que todavía debe seguir oliendo a Chanel Nº 5. Internet es, aún, algo que pasará cuando los coches y las vacas empiecen a volar. La superficie lunar no ha sido hollada.

La primera se llama April. Siempre quiso ser actriz, pero es muy mala interpretando. No sabe disimular. Está condenada por un matrimonio con alguien cobarde, acomodado y cínico. Tiene dos hijos pero eso no importa. Lo que importa es que ella era algo antes de ser lo que es ahora. Y no puede olvidar ese algo. No puede olvidar que, la vida, tenía que ser otra cosa, que no se podía quedar sólo en esto. Por eso quiere ir a París, porque París, aunque no exista, es ese lugar que nos prometimos ser.

La segunda es Francesca. Vive con su marido y sus hijos en una granja después de emigrar desde Italia. Renunció a su tierra y a sus orígenes, por amor, un amor anclado en la tradición y el respeto, a la costumbre y a la madera que cruje siempre en el mismo lugar. Hasta que conoce a un hombre que fotografía los puentes cubiertos de la zona para National Geographic. Entonces todo lo que conocía hasta ese momento se desmorona. Francesca debe girar la manija de la puerta de la furgoneta de su marido y salir a la lluvia. Mojarse.

A la tercera la llamaron Laura. Está casada y tiene un hijo. No sabe hacer pasteles y no quiere a su hijo. Es la chica a la que invitaron a bailar por pena, con la que se casaron por pena, a la que dejaron embarazada nuevamente por pena. Por eso desea absolutamente todo lo que tienen otros, incluso lo que tiene su vecina aunque esté enferma, la ama en secreto, ama su vida. Laura tiene dos opciones: desaparecer del mundo o desaparecer de su vida.

Tres mujeres circunscritas a esa encrucijada que supone saberse infelices.

Capturadas en el instante antes de la traición a sí mismas. Abnegadas a ese estatus de lo femenino que demasiadas veces se confunde con el sacrificio. El sacrificio del sentimiento.

Puedes anhelar seguir alimentándote del mundo a pesar de tener una familia. Puedes no querer tener hijos simplemente porque no quieres. Puedes odiar a tu hijo y pensar que es el responsable de que tus días sean siempre iguales. Puedes ser lesbiana y no entrar en la funda social, en el traje de novia, en las magdalenas caseras. Puedes enamorarte de otra persona aunque hayas invertido tu tiempo y espacio en otras.

Puedes incluso abandonar a aquellos que te quieren y quieres. Porque si te quieren, tendrán que entender qué era lo que querías tú. Aunque eso pase por hacer el sacrificio de no saber qué hace el otro nunca más. El sacrificio del respeto.

Nos dejamos arrebatar tanto, tantas veces.

Puedes hacer esa revolución y abrir la puerta y saber que es la hora de dejar lo que estás haciendo para ser lo que de verdad eres.

Da igual que te llames April, Francesca o Laura.

Da igual tu nombre de mujer.

Eres libre de elegir.

Elige vida, siempre.

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