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Cuando tenía diez años me gustaba Vicente.

Era una putada porque yo jugaba a los deseos todo el rato.

Si ahora mismo se mete las manos en los bolsillos, es que me quiere.

Si repite macarrones en el comedor, es que me quiere.

Si hoy trae el chándal de las tres rayas, es que me quiere.

Evidentemente esto era una tortura psicológica porque vivía condicionado emocionalmente a determinados actos ajenos e impredecibles que determinaban mi estado de ánimo infantil.

Lo único que deseaba es que él me quisiera.

Pero lo peor venía cuando me pedía un refresco de lata. Entonces, al abrirlo, era costumbre arrancar la anilla haciéndola ceder poco a poco, formulando la siguiente pregunta: ¿Cuál es el nombre de mi novio?

Yo lo que preguntaba en alto era: ¿Cuál es el nombre de mi novia? Por evitar, básicamente, que los otros me lanzaran las latas a la cabeza, pero yo en el fondo decía: novia, novio, novio, eh, que sabes lo que hay, pero es una mentirijilla, novio, Vicente, eh, es Vicente, ¿vale? no te confundas, lo real es lo que pienso no lo que digo.

—¡Me ha salido Elisa!— gritaba yo.

Aquello lo hacía con todo el cuidado que mis dedos gordos de niño gordo me permitían. A, B, C, D, E, F, G… click. A, B, C… click. A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M ay, ay, ay esta sí que sí… click.

¡Mierda! ¿Por qué no era Antonio el que me gustaba? ¡Hubiera sido todo mucho más fácil y descansado!

La verdad es que Vicente, de hecho, no me quiso nunca. Solo se quería a sí mismo. Y según me contaron tiempo después, también quiso a Elisa de cinco a cinco y cuarto en los baños del polideportivo durante una pequeña temporada.

Luego mis deseos fueron secuestrados y solo podía pedir por mi madre. Para salvarla. Yo no quiero nada para mí, solo que ella siga viva. ¿Eso lo puede pedir? ¿Se puede pedir? Vicente me da igual, de verdad, no quiero que me quiera, solo quiero que mami se quede conmigo. ¿Puedo deshacer los deseos pedidos? Malgasté muchos, lo siento, lo siento, soy tonto, tonto.

Sopla, pide un deseo, venga, si lo dices no se cumple. Sopla la vela, el diente de león, haz volar la pestaña, si se queda pegada, no se cumple. Lanza el globo del deseo, si no despega, no se cumple. Como desees, princesa prometida. Te concedo tres deseos.

Durante mucho tiempo deseé no haber escuchado aquella conversación por teléfono de noche. Por favor, por favor, que no sea muerte, sino muy malita, pero no muerte de muerta de no poder hablar nunca más con ella.

Y mi pestaña pegada en el dedo. Desafiante. Inmutable. Sonrisa cínica.

No, la pestaña no voló.

Todavía lo hago, a veces, lo de jugar a los deseos, pero he aprendido a no desear. No de verdad. Porque nunca sale bien.

Deseé que aquello durara más allá del verano, porque por fin, qué bonito y qué bien. Al mes se fue lejos.

Deseé que no le pasara aquello, que no estuviera solo, no así, no es justo, por favor. Le pasó.

Deseé que viniera hacia mí, me sacara de ese bar y de ese ruido con delicadeza y me abrazara y me ayudara a recordar por qué me gustaba Vicente. Se fue con otro.

El deseo es detenerse, parar, para echar de menos algo que no se tiene.

Ya no quiero pararme nunca más.

Yo no quiero te deseo, ya no te deseo, tus deseos son órdenes, deseos navideños, deseo pedido, deseo concedido, deseo incumplido, deseo tu cuerpo, tu miembro, tu trasero, tus labios, deseo, deseo, deseo deseo, deseo, deseo, deseo.

¿Qué deseas?

Desear es aplazar algo inevitable. Lo que tenga que ser, será. Eso es lo hermoso, lo terrible y bello de todo esto. Desear es no asumir que no existe nada más allá de esto que está sucediendo ahora.

No deseo nada.

Y cuando tengo que pedir obligatoriamente un deseo, pido estar delgado, que sé que es algo que está en mi mano.

Eso es en mi lado cínico.

Mi lado de verdad hace que guarde en casa una pestaña que nunca voló, por si acaso pueda reutilizarse no sé, y una anilla que se rompió en la letra de la persona que me deseó lo mejor del mundo.

Y fue en la letra de un nombre de mujer.

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